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He dedicado gran parte de mi vida
a mirar el cielo.
Blanco, rosa, gris.
Naranja,
púrpura,
añil,
amarillo,
negro.
Absorto,
he pasado mis días así.
Pero no he desperdiciado mi vida,
como algunos han sugerido.
Porque en el cielo, no encontré lo que buscaba,
sino que siempre estuvo en mí.
Las luces mágicas, las he visto.
Ayer.
No con telescopios ni desvelos,
sino con mi propia mirada y mi propia mente.
Las luces me recorren y saltan,
en cada sitio de mi piel y mi mente.
Fluyen en mi respiración y mi sangre.
Se desprenden de mí y viajan,
a los lugares más lejanos del mundo.
Tocando a cada hombre y mujer en su camino.
Entonces no es que haya perdido mi tiempo,
mirando al cielo en vano.
Más bien, he encontrado la verdad
en mi propio interior.
Los vi llorar.
Estuve ahí por mucho tiempo,
conociéndolos y viéndolos
arrancarse el cabello con desesperación.
Los vi jurar y luego correr hasta desfallecer.
Juntos nos embriagamos de dolor y de sueños.
Los vi esconder su verdad única,
tras la triste enredadera de las verdades ajenas,
y padecer el frío atroz del encierro.
Vi colapsar su sonrisa a una velocidad plutónica.
También presencié cómo fueron descartados
a una velocidad furiosa.
Sus cercanos fingieron traición, decepción, fraude,
y a veces, los abandonaron o persiguieron.
Pero tuve la gracia de verlos levantarse,
entre el hambre y el abandono,
y florecer.
Dejaron de creer en su pecado original,
y se encendieron en mil luces,
estremeciendo cada átomo del planeta con sus voces.
En nuestro abrazo final,
con cuerpos desnutridos,
caben todos los hombres y su imaginación completa.
Caben todas las sensaciones e ideas,
y todo el amor y la pasión de este mundo.
Durante largos años reímos juntos,
nuestras ocurrencias eran maravillosas.
Resultaba tan fácil
hacer pasar un camello por el ojo de una aguja.
Las tardes de risas tontas dejaron su huella en mí
y aún no se diluyen en el tiempo.
Desde nuestro torreón formado por los ecos del desierto,
vimos el mundo girar en torno nuestro.
Nunca entendimos bien de qué se trata el mundo,
cavamos nuestras tumbas con dos cucharas largas.
Bebimos el veneno oculto en la rima,
en la canción de un hombre que arde y blasfema.
Cedimos nuestro núcleo y un monolito verde se erigió entre nosotros,
ya nunca más volvimos a mirarnos.
Y nuestras risas huecas al final, se apagaron.
Creo en todos los dioses,
en cada uno de ellos,
incluso aquellos que se esconden
en los rincones oscuros del bosque.
Creo en aquellos que acompañaron
a mis ancestros hermanos,
quienes bendijeron los pasos
de mis abuelos por el frío norte
y a través del candente trópico.
Creo en el dios que susurra al oído
de héroes y artistas,
y aquel que entra con el hombre
en las minas mortales,
cuidándolo en tierras inhóspitas.
Creo en el dios que tomó el corazón
de los profetas como su castillo
y refugio íntimo,
guiándolos a través de jornadas milagrosas.
Creo en aquellos dioses
que inflan neumáticos y evitan fugas de gas,
y en aquellos que sanan la pata de un gato,
y proveen agua a perros en las calles de una ciudad enferma.
Creo incluso en los dioses
que han insuflado ideas nuevas
en el linaje científico,
guiñándose el ojo entre sí
mientras sus entenados niegan su existencia.
Creo en los dioses que desaconsejan al filósofo
y en aquellos que lo desafían a preguntar.
Sé que no hay odio en sus acciones,
ni revancha, ni castigo,
y que no toman al hombre como un juego inocente o perverso.
A través de sus libros sagrados,
sus ascetas y sacerdotes,
puedo ver la compleja hermandad que existe entre ambos.
Los dioses han dado al hombre
la tarea de esclarecer su propio origen
y con ello el origen de sus hermanos los dioses.
Aquellos que niegan todo esto
no tienen forma de enterarse
que los dioses despiertan cada amanecer
con la esperanza en el corazón
de ser finalmente comprendidos,
y abrir la puerta al dorado destino del hombre.